Con guijarros en la boca
miércoles, 23 de febrero de 2011
Y es ahora que empiezo de nuevo algo, siempre al disparo de la pesadez, de la insatisfacción existencial, del desempleo que me habita, de esta mugrosa depresión que se apea como un gran beso de dementor harrypottiano. Pico aquí y hago una máscara de mis demonios en papel, la cuelgo de mi cuarto, a modo de alebrije exorciza mis tendencias a la frustración y ahora la he acabado, permanece colgada como una alerta latente, con los ojos amarillos y las pupilas fijas y contraídas. Me mira fijamente, más fija cuando permanezco estático, dispuesta a devorarme si olvido pedalear la bicicleta de esta vida que conduzco sin manos y sin dientes de tanto caer entre las piedras y las avenidas. Ahí seguirá colgada si es preciso, dispuesto a entablar una lucha porque permanezca apartada, en mi pared, expuesta al delirio, lejos de mi rostro o de mis rostros.
Demóstenes alguna vez metió guijarros en su boca para corregir su tartamudez. Gritó al sol para fortalecer sus pulmones. Ahora vengo yo con estos guijarros a resolver algo íntimo, mi forma terapéutica de sanar las heridas de este coloquio mal pronunciado durante años. Siempre se me han agolpado las oraciones en el cogote, que las ideas luchan por salir por esa estrecha apertura, ese obstáculo fisiológico que limita al pensamiento esparcirse como una nube donde todos puedan ver el sueño o la pesadilla de anoche, tu primer vecindario, o los viajes de la niñez con tu padre que no se repetirán otra vez, todos ellos cruelmente deformados y alineados en un solo espacio y tiempo, arrastrados a un oído que se cansa fácilmente o que simplemente no le importa. Es por eso que claudico hoy de esta oralidad y de esa orejalidad, se las consagro al arte de la música o a los discursos de los grandes en la historia. Yo me quedo con este goteo de sílabas en la boca y con este goteo de letras en los dedos.
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