miércoles, 23 de febrero de 2011

Demóstenes alguna vez metió guijarros en su boca para corregir su tartamudez. Gritó al sol para fortalecer sus pulmones. Ahora vengo yo con estos guijarros a resolver algo íntimo, mi forma terapéutica de sanar las heridas de este coloquio mal pronunciado durante años. Siempre se me han agolpado las oraciones en el cogote,  que las ideas luchan por salir por esa estrecha apertura, ese obstáculo fisiológico que limita al pensamiento esparcirse como una nube donde todos puedan ver el sueño o la pesadilla de anoche, tu primer vecindario, o los viajes de la niñez con tu padre que no se repetirán otra vez, todos ellos cruelmente deformados y alineados en un solo espacio y tiempo, arrastrados a un oído que se cansa fácilmente o que simplemente no le importa. Es por eso que claudico hoy de esta oralidad y de esa orejalidad, se las consagro al arte de la música o a los discursos de los grandes en la historia. Yo me quedo con este goteo de sílabas en la boca y con este goteo de letras en los dedos.

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