miércoles, 23 de febrero de 2011

Y es ahora que empiezo de nuevo algo, siempre al disparo de la pesadez, de la insatisfacción existencial, del desempleo que me habita, de esta mugrosa depresión que se apea como un gran beso de dementor harrypottiano. Pico aquí y hago una máscara de mis demonios en papel, la cuelgo de mi cuarto, a modo de alebrije exorciza mis tendencias a la frustración y ahora la he acabado, permanece colgada como una alerta latente, con los ojos amarillos y las pupilas fijas y contraídas. Me mira fijamente, más fija cuando permanezco estático, dispuesta a devorarme si olvido pedalear la bicicleta de esta vida que conduzco sin manos y sin dientes de tanto caer entre las piedras y  las avenidas. Ahí seguirá colgada si es preciso, dispuesto a entablar una lucha porque permanezca apartada, en mi pared, expuesta al delirio, lejos de mi rostro o de mis rostros.

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